domingo, 19 de diciembre de 2010

Artículo de opinión: "Tan sólo el DNI"


Por Patricia Rodríguez (Artículo incluído en el Anuario Bou per la Vila 2010)


La vida viene sin manual de instrucciones. Y a pesar de que los enrevesados librillos tienen pocos amigos, bien es cierto que a algunos, para ese caso, no nos importaría echarle un vistazo en determinadas ocasiones.


Los recortadores, sin más escuela que la propia calle, siguen una doctrina no escrita en los libros de tauromaquia. Porque la tauromaquia, que sí tiene sus tratados desde que Pepe Hillo escribiera el “Arte de Torear”, no pone en práctica con el festejo popular y sus protagonistas los conceptos básicos de parar, templar y mandar, limitándose a citarlos de lejos.


En el ruedo, como en la vida, las leyes, las escritas y las que no lo están, no amparan a los sin papeles por muy buenos toreros o por muy buenas personas que sean. Los de luces, con el carnet de profesional guardado en la chaquetilla, gozan de un estatus que los de blanco, sin documento que les acredite, nunca alcanzarán entre los puristas por más méritos que atesore su currículo.


Una creencia surgida de la propia historia del toreo cuando la profesionalización del oficio conllevó la denostación de la figura del maletilla, padre de los actuales rodadores. El parentesco, grabado en la memoria colectiva, no ha contribuido a la dignificación de los toreros a cuerpo limpio.


Así, el traje de luces y el chándal, en su versión más actual, han marcado las distancias entre los profesionales de ambas disciplinas que, a pesar de formarse en la misma placenta, hoy gozan de autonomía y personalidad propia; al igual que sucede con dos mellizos que se crían por separado.


Sin embargo, la innegable evolución del mundo del recorte en su camino hacia la profesionalización no ha traído de la mano el reconocimiento para los recortadores de cartel ni tampoco para aquellos que han seguido en el anonimato ejecutando las suertes a pie de calle.


Recorridos de asfalto que, precisamente, se erigen como maestros callados y únicos guías de artistas autodidactas que tienen tanto valor como aquellos que se instruyen en las Escuelas Taurinas. Su puesta en mérito depende de empresarios, medios de comunicación y de los propios recortadores que con su comportamiento, más allá del momento del embroque, deben poner en práctica el vivir en torero para hacerse respetar y ganarse, de este modo, el respeto y el beneplácito de la afición.


Al fin y al cabo el toro no pide el carnet de profesional, tan sólo el DNI.


1 comentario:

Antonio Mechó dijo...

Efectivamente, poco parangón profesional se establece entre los recortadores y los toreros de luces... ¡afortunadamente!

La mejor fortuna que tienen los festejos populares y que tendrán siempre es precisamente eso, lo lejos que están de la profesionalización.

Bajo mi punto de vista, cuanto más acerquen los festejos populares al profesionalismo -si algún día lo acaban haciendo- más se alejarán entonces de su idiosincrasia, de su pureza original, de su espontaneidad... de su grandeza.

La profesionalización vertida sobre un acto de afición, lo acaba putrefactando.