domingo, 26 de mayo de 2013

7ª y última tarde Feria Taurina de Santa Quiteria (Almassora): La culpa siempre es de la prensa


Informa: Patricia Rodríguez


Según un estudio oficioso, que no oficial, ser periodista taurino o, en su defecto, cronista taurino no está muy bien visto entre algunos aficionados. Las miradas de reojo - de desprecio en los casos más extremos- son la prueba irrefutable de esta tesis elaborada a pie de calle. Aunque no es de extrañar si, atendiendo a un contrastado ranking, ser periodista de prensa escrita es la peor profesión.

De la experiencia surgen unas reglas básicas: Si la crónica es positiva no esperes ninguna palmada en la espalda ni mucho menos un “gracias”; si es negativa eres como tener al enemigo en casa: “¡Para qué queremos a los antitaurinos!”, diría alguno; y si tu opinión no coincide con la del lector no tienes, con perdón, ni puñetera idea de toros. De toros no saben ni las vacas, amigos.

Con estas premisas, una se tiene que poner el mundo por montera para cubrir la Feria Taurina de Santa Quiteria que ayer cerró los chiqueros de Ca la Vila hasta octubre. Como es tradición en la última jornada taurina, abrió plaza el “Bou del Poble”, un ejemplar de Toros de Casa Domecq al que templó Palacios a cuerpo limpio. “Lenitivo”, marcado con el número 33, tuvo momentos destacables en La Picaora con Patricio con la chaqueta o “Chamaco” con la muleta, aunque flojeó de los cuartos delanteros. Primera tarjeta roja para el que escribe.

Al Torrealta de Els Vint –con 35 años a cuestas-, La Brusa, La Colla, Mig a mitges, l’Aberració, Els Garbo y Els Casats la foto del cartel no le hacía justicia. Con su estampa como carta de presentación, “Húngaro” no pudo lucirse a la salida pero sí con los tres quiebros que le ejecutó Richard en La Picaora. Y es, tras concluir la exhibición, cuando surge una duda existencial: “¡Qué dirá mañana la prensa!”.

Con la crónica a medias salió el “Caprichito” de Sant Roc, Peña 38, La Vila, l’Arrastre y l’Estocà que cerraba tarde. Un Conde de la Corte que presumió de la espectacular cornamenta que caracteriza a la casa ganadera que, en sus años boyantes, era reclamada por Antonio Ordóñez y dejó lo mejor a su salida en la plaza Mayor. Los mansos de El Saliner, de Puçol, lo rescataban de la arena para guiarlo al corro y marcar así el cierre simbólico del serial.


El definitivo lo pondrían las tres emboladas previstas cuando el periódico ya estaba en la rotativa para su impresión. Dispuesto a hacer quedar mal a los ‘plumillas’, el de Toros de Casa Domecq, adquirido por el Ayuntamiento, se vino arriba en su exhibición nocturna ofreciendo 45 minutos emocionantes, sin volver a caerse, y con arrancadas peligrosas para aquellos que lo seguían por la Vila. Gracias a Dios que existen los medios digitales para completar/rectificar la información. De todos modos, la culpa seguirá siendo de la prensa. 


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